El drama de una “flaca”

De pie en la ventana, Elena sabe que la pesadilla llegó por una sola, increíble razón. Quiere volver a escribir. Voy a escribir una novela, dice, y Carmen, su amiga, sube la ceja izquierda a la altura del nacimiento del pelo. De nada valdrá que le pregunte cómo le pareció una buena idea, dramatúrgicamente hablando, soltar un bocadillo semejante a esas horas. Ya Elena está en ese otro mundo detrás del espejo en el que cae cuando el duende de la literatura la obliga, y la otra sabe perfectamente que no la está escuchando.

La novela de Elena será sobre mujeres. Para los lectores, seguramente hombres, que puedan pensar que las muchachas son pareja y ya se imaginan que este texto será algún tipo de reivindicación feminista del género desde ese punto de vista, les digo que se equivocan.  Aunque no lo crean, no todas las feministas son lesbianas.

Y es que no ha leído un solo texto cubano escrito por hombres donde la heroína rompa el cliché, le dice a Carmen. Ellos se hacen los duros, los únicos-irrepetibles-irreverentes-renovadores del oficio. Algunos al menos lo intentan. Pero, entre todos los temas y enfoques y muelas, a las mujeres las siguen dejando en la superficie.

Al hombre de la novela, del cuento o lo que sea, lo desorbita siempre la niña de caderas anchas y cinturita invisible, de contundentes nalgas, buenas piernas…

Los senos no. Ellos varían. Pueden ser grandes, a juego con el resto de la anatomía, pero muchas veces son pequeños y simpáticos; y el escritor siente con ello que ha hecho su aporte antiimperialista del día, porque la ninfa tetona es la diosa del enemigo. El gran aporte a la literatura universal.

Y nadie escribe de la flaca, comenta Elena. A no ser para sacarla como la amiguita sapo o carabina de la que de verdad está “buena”, o como es hazmerreír del grupo al que alguno coge para eso… y ahora que lo piensa, esa es la versión que más se acerca a eso tan sobrevalorado que llaman realidad.

Carmen quiere reclamar, ese lenguaje de su amiga no le gusta, le hace daño a los oídos, no es femenino. Elena la mira. ¿Hasta de su amiga tendrá que soportar que le digan qué y qué no es femenino? Hablando de eso, no puede evitar recordar las tantas veces que ha oído el epíteto “Flaca”, y como se lo gritaban para ofenderla en la escuela. Tan flaca que deberá meterse a lesbiana, porque ningún hombre la va a mirar. Claro, en su secundaria, “lesbiana” era una palabra muy bonita. Nunca fue esa exactamente la que usaron. Luego, en el pre, “Flaca” sonaba cariñoso, y era el apelativo de sus amigos como sustitución de su nombre. “Flaca”, también, la expresión de lujuria de aquellos pocos que creen que la flaca “lo hace” mejor.

Porque Carmen debe saber, continúa, que a veces, si la flaca es muy muy muy buena en “eso” o es una niña de su casa con vocación de esclava, se convierte en la moraleja que los grandes, maduros e idiotas escritores hombres ponen a sus grandes, maduros e idiotas cuentos. El tipo duro se queda con ella, después de descubrir que la ricura lo tarrea o que no tiene el menor cerebro. Como si les importara. O como si no supieran que esas casi nunca vienen con cerebro incluido. Al menos no en esa etapa, cuando la gravedad aun se hace la sueca y sus masas sirven para algo, y aun no han parido dos o tres retoños que les acabarán el abdomen y la paciencia. Cuando todo aun les cae del cielo.

Carmen piensa en todas las cosas que las criollitas debieron hacerle a Elena para que piense así. Opacándola, burlándose, llevándose el galán o los aplausos. Porque sabe que esas pueden estar francamente gordas, la panza salírseles, las masas ya flojas aunque no tengan ni veinte años (¿ejercicio para qué, si con ese cuerpo paran el tránsito?). Y ella, Carmen, sabe que se puede ver a la celulitis agazapada y esperando. Sabe que todo eso, al final, es grasa, tejido adiposo o lo que sea pero no es nada, y se va a ir.

La otra ríe. No importa, le dice. Para cuando eso pase, el hombre que antes la miraba a ella, y le juraba por su madre que le gustaban las niñas así, menuditas y nada por adelante ni por atrás, como los magos; ese hombre, niño, muchacho o peor, escritor cubano, se va detrás de la carne. No, la flaca es invisible. Como lo ha sido toda su vida, concluye Elena.

Ese sería el momento perfecto de aplastar el cigarro contra el piso, usando la plataforma del zapato carísimo marca “lo que las jineteras envidiarían”, y caminar por el pasillo a su cuarto, piensa. El filme perfecto. Pero como no fuma, y esta no es una película hollywoodiense ni mucho menos,  ni las actrices de ese tipo entenderían del todo este tipo de muelas, deja a Carmen en la ventana y se va a escribir. Inconscientemente, Carmen cruza los brazos para intentar taparse los grandes senos. Si Elena consigue que todo el que lea su novela sienta esa misma culpa, piensa, será un best seller.

4 comentarios

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    • yoyi en 24 marzo, 2015 a las 5:49 pm
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    fragmento que parece interesante a primera vista, me gustaria poder leer la novela completa

    1. sí, y a mí me encantaría acabar de escribirla, ni te imaginas cuanto. deja que conozcas al único personaje que podría estar con alguien como Elena, te va a encantar…

    • Onix en 24 marzo, 2015 a las 6:36 pm
    • Responder

    Me ha gustado sobre todo la singular descripción de sus personajes que, sin desdeñar a los tantos que lo han hecho anteriormente, sin dudas hace agradable su lectura y en lo personal me recuerda los tiempos de cuando era estudiante y me encontraba junto a mis amigas en situaciones similares. Sigue trabajando. Saludos y hasta la próxima!!!

  1. Buen escrito, va llevando un lenguaje pasivo y de momento te hace vibrar!!!!!. Excelente, coterranea, me gusto el articulo……………………

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