Sierra Mar es un hotel en divisas que queda en la costa santiaguera. Fui una vez, hace tres años, y fui hace muy poco, toda una semana. Allí conocí gente fabulosa. Beata, Mirek su esposo y Dominik, el hijo de ambos; el otro Mirek, su amigo, Jarek con su hijo Adam, y por supuesto mis adorados Carlos y Margaret.
Todos ellos, excepto Carlos, son polacos que hace 25 años fueron para Canadá y ahí se quedaron. Allí nacieron los niños, allí han sido felices. Carlos es otra historia. Es colombiano, estando en Estados Unidos conoció a Margaret y con ella fue a buscar un sueño mejor en la más tranquila Canadá.
También Thea, Brileygh, Amanda, y los hermanos Aydrie y William, jovencísimos, que nos acompañaron a mi mejor amiga y a mí las noches de juerga, cuando nuestros amigos de más edad se iban a dormir.
Allí en Sierra Mar pude ver personas que se hacen amigos, como nosotras, de los extranjeros sin el deseo de sacarles nada a cambio, gente incondicional que enseñan a bailar y a hablar español de gratis. También vi el otro lado de la moneda: la madre que prostituye a su hija menor de edad, haciéndole creer que es esa la única salida; la gente que ve esa triste escena y no hace nada por cambiarlo porque “cada cual lucha como puede”, e incluso permiten que a sus “amigos” foráneos los estafen siguiendo ese lema.
He visto todo lo bajo y lo grande que se escinde en el corazón de la gente, pues todos hemos sido afectados por la misma necesidad, todos hemos pasado el mismo trabajo y todos tenemos las mismas desesperanzas económicas y los mismos proyectos de vida sobrevividos más que vividos, en cámara lenta. Sin embargo, no todos reaccionamos igual.
Yo sigo diciendo como Agramonte, “con la verguenza”, aunque muera comiendo el mismo picadillo terrible, aunque no tenga ni zapatos para ir a la escuela. Si para lograr mis sueños tengo que recurrir a perder mi dignidad, aquella que me ha levantado cuando el resto se ha caído, recuerdo que la pobreza pasa pero la deshonra no, y sigo adelante.
Y que conste que también soy parte de esta generación que, a costa de sacrificios y experimentos, ha dejado de creer en el hombre nuevo. Sencillamente, creo en la condición humana lejos de cualquier mercado ni economía. Lejos de pretextos socioeconómicos y sociales, el que tiene su alma limpia, la mantiene limpia, aunque pase hambre.





2 comentarios
Vale, un tema demasiado polémico, podría decir. La dignidad humana tiene límites borrosos, y la necesidad podría hacerlos más borrosos aún. No justifico acciones como las que mencionas al final e incluso las repudio, pero a veces pueden tener antecedentes tristes. Igual no importa, siguen siendo denigrantes. De todas formas, es interesante comparar ambos lados de la moneda. Tú, desde tu posición, asumes una postura crítica ante tales cosas, pero ¿qué piensan al respecto las personas que venden su dignidad? Definitivamente, sería bueno escuchar dicha opinión.
Autor
ese es el problema: es esa la opinión que escuchas todos los días, la que se basa en “lo q todo el mundo hace”, el “luchar”, el “resolver”. y en este país hemos aprendido a cuestionar tanto la opinión oficial q no queremos admitir q en algunos (muy pocos) aspectos, la versión oficial puede no estar equivocada.