Cierra los ojos. Imagina la ciudad de Santiago, una mañana de 1836. Te llega el sonido de los pregones, el olor inconfundible que dejan a su paso decenas de carros tirados por caballos, mezclado con el de las aguas sucias que imperan en el eterno lodazal de las calles. Abre los ojos. Estás en lo …




lo que dicen ustedes…